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Eran las ocho de la tarde del día veintisiete de noviembre de 2009 y a Fran la jornada laboral le había dejado exhausto, quizá por ser viernes, acaso porque su estado de ánimo no atravesaba los mejores momentos o tal vez porque el día se había presentado tan lóbrego y no menos frío que las catacumbas.  Un oscuro velo tapaba la ciudad desde primera hora de la mañana, cumpliendo los pronósticos de los noticieros que llevaban varios días anunciando la llegada de un fuerte temporal procedente del Cantábrico. 
A cubierto, Fran observaba como el cielo, sellado con nubes negras, amenazaba con enviar lluvia.  Durante todo el día le había acompañado la sensación de que se iba a hacer de noche de un momento a otro, pero tal augurio no se cumpliría hasta eso de las seis de la tarde, cuando aún le restaban dos horas de trabajo en el edificio de viviendas que estaban remodelando en la calle Fuertes Acevedo.  A mayores, la obra permanecía abierta por dos costados, permitiendo que el viento del norte campara a sus anchas y se cebara especialmente con sus huesos, aquejados de una incipiente artrosis que se agravaría notablemente tan pronto la lluvia hiciera acto de presencia para humedecer el ambiente y avinagrar su ánimo. 
La jornada terminó siendo ya noche cerrada, momento en que Juan, el peón de veintidós años, propuso celebrar la entrada del fin de semana tomando unas tapas, regadas con cerveza, por supuesto.  Ese día Fran no tenía humor para tapeo pero Juan insistió, cansino, esgrimiendo tres motivos de peso: tenía algo importante que contar, había mucho y significativo que celebrar y, además, la ronda corría de su cuenta.  Dado que ninguno de los otros cinco compañeros se negó, Fran tampoco quiso hacerle un feo.
Quizá porque el hombre es un animal de costumbres, recalaron en el mismo bar de otras veces, uno de los muchos que empaquetan aquella calle; a esas horas lleno a rebosar de trabajadores que recién habían terminado su jornada, de humo de tabaco y de olor a fritanga. Como en alguna otra ocasión, consiguieron adueñarse del reducido espacio que milagrosamente permanecía libre al final de la barra y suplicaron seis cervezas al estresado camarero; los pinchos resecos, fríos y con sabor a humo, esperaban encima de la barra sobre platos de plástico. Los había de tortilla, empanada y queso, como siempre 
Juan vació media jarra de un solo un trago; después, con parsimonia, engulló dos trozos de empanada mientras cinco rostros interrogantes le observaban y aguardaban, ansiosos, por saber lo que se estaba celebrando. A buen entendedor pocas palabras, Juan dejó la pinta en la barra, frotó las manos, sonrió y comenzó a destapar la caja de sus secretos para hablar sin tapujos sobre su reciente noviazgo con Teresa, a la que había conocido dos meses atrás, nada más comenzar a trabajar en aquel edificio. 
El entusiasmo de Juan era inversamente proporcional a la decepción de Fran, que esperaba haber sido convocado para algo más trascendente, no para escuchar el cuento de un noviazgo post-adolescente.  En ese momento, ni en sueños hubiera imaginado Fran cuántas veces recordaría la historia de Juan y Teresa, usualmente con envidia, como referente en algunas ocasiones y con sentimiento de pérdida en otras tantas.  Entretanto, Juan narraba su historia de amor con una ilusión que le impedía apreciar caras de hastío, de decepción y de burla.
 La chispa, decía, había prendido con un simple cruce de miradas, un día que la casualidad propició el encuentro: él se encontraba a pie de obra y ella pasaba por allí, simplemente.  En ese momento, además de quedarse prendado, formuló dos suposiciones; arriesgada la primera de ellas, conjeturada la segunda: que aquella chica se dirigía a la Universidad dado que caminaba dirección al Campus y, además, aparentaba tener unos diecinueve o veinte años; y que pasaría por allí diariamente y a la misma hora.
A partir de ese día, lloviera o luciera el sol, Juan procuraba hacer acto de presencia en la acera a las nueve en punto.  Con pálpitos en el pecho la veía subir la calle, acercarse y luego pasar, apresurada como una ráfaga.  Era alta, esbelta, con melena oscura y facciones similares a las de la Virgen María.  Era perfecta. No había una mujer igual en todo Oviedo, ni en el resto del mundo.
Aún sabiendo que no tenía demasiados números para esa tómbola, Juan estrujaba los sesos sin descanso, tratando de encontrar la forma eficaz de abordarla.  Y, dado que de ninguna de las maneras quería espantarla, desechó varios planes, unos por absurdos y otros varios por falta de valor para ejecutarlos.  Desesperado, cuando hubo agotado las ideas solicitó la ayuda de un íntimo amigo, quien sin pensárselo dos veces le aconsejó recurrir a lo de siempre: pedirle fuego a la chica.  Dado que Juan no fumaba, el amigo además del consejo tuvo que prestarle un cigarro para que lo usara como cebo.  Casualidades de la vida, Teresa tampoco fumaba y no llevaba fuego, no al menos en el encendedor; sin embargo, y aunque no picara el anzuelo tendido por Juan con bastante torpeza, a partir de ese día le saludaba cada mañana aunque desconcertada y sin acertar todavía a intuir el motivo que llevaba a aquel chico atlético y guaperas a permanecer como una estatua en el mismo sitio y a la misma hora todos los días. 
― Hola
Decía con un hilo de voz, sin apenas mirarle, para continuar caminando cuanto daban sus piernas.
A finales de octubre, aprovechando que al saludo ella había añadido una sonrisa,  Juan consiguió reunir el arresto necesario para invitarla a tomar un café, con el propósito de combatir el frío mañanero y, de paso, romper el hielo que los distanciaba.  A ella la invitación la pilló desprevenida y rehusó, alegando que llegaría tarde a clase.  Él, que en cierto modo esperaba tal respuesta, le preguntó que qué tal por la tarde.  Ella sonrió pero no contestó ni que si ni que no.  Él, insistente, volvió a invitarla al día siguiente con idéntico resultado.  Y al otro, sin que variara el desenlace.  Y también los otros cuatro siguientes, con mismo final.  Pero Juan era perseverante y al cabo de una semana, no supo si por interés o por aburrimiento, le arrancó un “si” y quedaron para las ocho de la tarde en aquel mismo bar donde ahora tomaba cañas con sus compañeros.
Tras esa primera toma de contacto, la propuesta se repitió cada día de los siguientes y el “si” de ella también.  El roce hizo el cariño y comenzaron a gustarse, a encontrarse muy bien juntos, a salir de noche y a besarse sin reparos.  Y a día de la fecha se avecinaba para ellos dos un fin de semana tórrido, capaz de retar la ola de frío que amenazaba desde las alturas.
― ¡Menudo Don Juan estás hecho! ¡Aprovecha chaval! Además eres listo que la has buscado joven y delgada.  A vieja y gorda ya vendrá ella sola.
Todos menos Fran rieron la burda gracia de Fernando, el capataz, quien tenía los ojos secos por no pestañear durante todo el relato y los pies mojados con la baba que le caía con sólo imaginarse en la piel del peón de albañil.
Fran, ya curado de espantos y de relaciones idílicas, permaneció serio ante aquel comentario grosero que, sin embargo, por esas conexiones extrañas que a veces hacen los cables de la mente, trajo de vuelta a su memoria aquel refrán que su padre le había reseñado momentos antes de dirigirse a la iglesia para contraer matrimonio con Rosa: “después del casamiento, las mujeres no encuentran lo que esperan y los hombres no esperan lo que encuentran” ¡Y qué razón tenía!  Unos pocos años habían bastado para que su matrimonio hiciera aguas por los cuatro costados.  Pero, aún en esa certeza, su hastío no impedía que en esos momentos, al igual que Fernando y los demás, sintiese un gusanito de envidia punzándole el estómago mientras escuchaba a Juan hablar de “su Tere” con pasión desmedida.  De buena gana daría al menos un año de su vida por pasar con Rosa un fin de semana como el que le esperaba a Juan con Teresa.
― Voy en serio con ella, tíos.  Es la mujer más maravillosa del mundo.
Al peón de albañil le brillaban los ojos como si fueran cuentas de cristal y sudaba alegría por cada poro.
 ― De novias son todas maravillosas porque a buen hambre no hay pan duro.  El problema viene luego. ― resolvió alguien de los presentes, a quien Juan hizo caso omiso para continuar relatando las peripecias del noviazgo y las virtudes de Teresa, que no tenían fin.
 Una hora y cuatro cañas más tarde, Fran estaba más que harto de escuchar hablar sobre una mujer a la que sólo había visto de refilón y que, además, le parecía que no era para tanto.  La chica tenía salero y parecía despierta como un antílope pero, por lo demás, era un saco de huesos con nariz de loro.
Minutos después ― ignorando que tardaría muchos días en regresar a su puesto de trabajo, y que cuando regresara ya nada sería lo mismo ―  Fran apuró su jarra de cerveza y se despidió de todos hasta el lunes, deseándole a Juan suerte en aquel lance donde se jugaba el todo por el todo y envidiando su posición de soltero con planes para el fin de semana: él no tenía ninguno, salvo ir al centro comercial para hacer la compra. 
En la calle, los nubarrones habían cumplido su amenaza: llovía a cántaros.  Nada más salir del bar metió de lleno los pies en aquel arroyo que era en ese momento la empinada calle Fuertes Acevedo y dio un salto instintivo hacia atrás para ponerse a salvo. Era tarde, no podía esperar a que amainara, tendría que enfrentarse al temporal sin paraguas.  Abrocharía bien el anorak, subiría la capucha y echaría una carrera hasta el coche.  Lo había aparcado al lado de la plaza de toros de Buenavista, a escasos doscientos metros cuesta abajo pero suficientes para empaparse de pies a cabeza.  Con esa premisa emprendió carrera sin pensarlo más y sin encontrar obstáculos en la acera desierta.  Llegó al coche con la lengua de fuera, regueros de agua resbalándole por la cara y los pies chapoteando en el interior de sus viejas y agujereadas botas.  Aún así, la Plaza de Toros de Buenavista le robó una mirada antes de guarecerse dentro del coche.  El hermoso edificio poligonal de estilo mudéjar, plantado allí desde finales del siglo XIX, con sus arcos huecos y sus pilastras de ladrillo, parecía tan inmune a los caprichos meteorológicos como seguro de que, a toda costa, debía cumplir con su única función en aquella ciudad: adornarla un poco más, si cabe.   
Con los chorros de agua corriendo espalda abajo Fran no tardó en considerar un disparate detenerse en ese preciso instante a contemplar monumentos. Ya habría tiempo. El lunes seguiría ahí, en el mismo sitio.  En ese momento debía darse prisa, de lo contrario llegaría a casa mas tarde de lo habitual, su hija le estaría esperando y su mujer, a punto se llegar, se pondría como una fiera si no le encontraba en casa.
Espoleó el viejo Ford Fiesta y condujo por la calle Fuertes Acevedo entre un tráfico intenso, de comienzo de fin de semana, que se escurría como una serpiente con un silbido ensordecedor.  Pitidos, frenazos, sirenas que advertían su presencia por toda la calle. Llovía a cántaros y el limpia parabrisas no daba más de sí.  Delante de la Estación Uría se topó con una pequeña colisión y un gran atasco.  Resopló.  Eso retrasaría su llegada un cuarto de hora más. Volvió a resoplar, de alivio, cuando al fin pudo enfilar la autopista.  En cinco minutos estaría en casa.  La lluvia era inclemente y el limpia estaba a punto de rendirse pero aguantaría porque el viejo coche era sufrido.
Ya en casa, lo primero fue meter en la lavadora la ropa que traía de la obra.  Si no lo hacía así, los gritos de su mujer provocarían un cortocircuito.  Después hizo lo que siempre solía hacer.
― ¿Nerea?
 No hubo respuesta. Tendría que repetir la pregunta un poco más alto, quizá estuviera entretenida hablando por el móvil o escuchando música. 
― ¡Nerea!
Seguía sin haber respuesta. Lo intentó una vez más, casi gritando. Nada.  Resultaba extraño encontrar la casa tan silenciosa y oscura: Nerea solía hacer notar su presencia dejando luces encendidas allá por donde pasaba.
Le asustó el silencio que se extendía sobre la casa como una manta. La angustia gravitaba entorno suyo, incomodándole. ¿Por qué se sentía tan intranquilo? ¿De qué debería preocuparse? Echó un vistazo a su muñeca izquierda: el reloj marcaba las nueve y media de la noche. Meneó la cabeza.  <Me estoy haciendo viejo. Ya sólo me falta santiguarme antes de salir a la calle> ironizó. 
Volvió a mirar hacia la habitación de su hija buscando el haz de luz que debería asomar por debajo de la puerta, pero no vio nada.  Se acercó, abrió la puerta despacio y encendió la luz esperando encontrarla dormida o escuchando música a oscuras; pero no había ni rastro de ella, ni de sus libros, ni de su mochila.  Además, la habitación permanecía limpia y ordenada, tal y como solía dejarla Rosa después de hacer la limpieza de la mañana; indicio más que suficiente para tener la certeza de que Nerea no había estado allí en todo el día.  De lo contrario, la tanda de peluches que había ido acumulando a lo largo de su infancia y que Rosa colocaba encima de la cama a modo de adornos, irían a parar al suelo nada más Nerea tomara posesión de la habitación para descansar un rato encima de la cama.  Los libros no llevarían mejor camino y aparecerían desparramados a lo largo y ancho del pupitre, y la mochila descansaría en el suelo, tirada de cualquier manera.  Deducía los actos de su hija a juzgar por el desorden que reinaba en la habitación cuando él llegaba a casa cada noche pero, en realidad, nunca los había presenciado.
Aunque le constaba que era absurdo y que allí no había nadie sintió la necesidad de hacer un recorrido de comprobación por toda la casa, encendiendo luces y abriendo puertas ― Rosa tenía la costumbre de clausurar las estancias antes de marchar al trabajo ―.  Echaría un rápido vistazo a cada habitación, buscando no sabía qué. 
En la inspección invirtió menos de un minuto y halló puertas cerradas, oscuridad, silencio, frío y el olor rancio como fragancia característica de la casa.  De todo ello extrajo la conclusión de que, seguramente, a la niña se le había ido el santo al cielo y aún estaría con Alba, dándole sin parar a la sin hueso.  Lo peor de todo era que Rosa llegaría de un momento a otro y se armaría la marimorena.
No sabía qué hacer.  Era viernes noche y le gustaría tener un fin de semana relativamente tranquilo, dentro de las posibilidades.  Ni el menor deseo de pasarlo escuchando a su mujer: “es que, claro, tú eres demasiado pasivo.  Tu función en la casa es poner un poco de autoridad a la niña, y no la cumples. ¡No puede andar por ahí haciendo lo que le dé la real gana!”.  Y seguro que esa frase ― y otras mucho peores ― se repetirían como un disco rayado durante lo que restaba de viernes, sábado completo y las sobras para el domingo, agotando su ya escasa paciencia y obligándole a contraatacar con argumentos que en circunstancias normales nunca utilizaría como escudo y de los que se arrepentiría más pronto que tarde.
No necesitó meditarlo mucho antes de tomar la decisión de telefonear a Nerea para ordenarle que regresara a casa inmediatamente, que debía estar de vuelta antes de que llegara su madre; o sea, antes de media hora. 
Buscó el número en su móvil y fue pulsando las teclas mientras sopesaba lo que iba a decirle.  No deseaba quedar como un calzonazos ante su hija, por tanto no iba a evidenciar que temía las represalias de Rosa. Ni él mismo quería reconocer la realidad, mucho menos patentizársela a Nerea.  Apretó la última de las nueve cifras.  Casi inmediatamente una voz femenina, con dicción modulada, le informó de que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura en esos momentos. 
― ¡Maldita sea! ¡Esta niña me va a oír! ― repitió dos veces en voz alta, apretando los puños, nervioso y comprobando si giraba el pomo de la puerta de entrada.
Quizá Rosa tuviera razón, seguramente a la niña no se le había impuesto el respeto debido.  Definitivamente, en aquella casa faltaba autoridad.
― ¡Y se va a imponer esta misma noche!  ¡Tan pronto aparezca por la puerta!  Sólo tiene trece años y no se puede consentir que ande por ahí a deshora.
El enfado y el ofuscamiento inutilizan la mente. Cuando ambos parásitos mentales bajaron la guardia, Fran pudo recapacitar y se le ocurrió la sencilla idea de telefonear a Alba.  Seguro que Nerea estaba con ella, en su casa.  Llamaría desde el fijo, salía más barato.  Sin embargo, así como inhabilitan el cerebro también estimulan el cuerpo: el enojo había transformado en briosos los siempre pausados movimientos de Fran y en pocos, y ágiles, pasos llegó al recibidor, donde el teléfono fijo descansaba encima de un pequeño mueble zapatero.
< ¡Tan pronto conteste, le advertiré de que, como no se presente en casa en cinco minutos, se le va a caer el pelo!>. 
Cabe decir que Fran era perro ladrador, pero muy poco mordedor.  En realidad, sólo quería evitarle las riñas y algún cachete que con certeza su madre le propinaría si no la encontraba en casa cuando regresara de trabajar en el supermercado. 
Buscó el número de Alba en la agenda del móvil y lo fue marcando poco a poco mientras se preparaba mentalmente para la regañina.  Tan pronto Alba contestara, sin darle las buenas noches ni nada, le exigiría que se pusiera Nerea al teléfono.  Y, nada más tener a su hija al habla, le diría: “¡O estás en a casa en menos de cinco minutos, o quedas castigada para los restos!”.  Iría directo al grano y no se interesaría por los motivos de su ausencia.  Había que ser directo y tajante.  Después colgaría.  El resto de la bronca vendría después, cuando llegara a casa.
― ¿Si? ¿Quién eres?
Escuchó la voz de Alba entre un murmullo de sonidos que no supo identificar;  bien podría ser gente hablando a voz en grito, o también pudiera darse el caso de que tuvieran la televisión a todo volumen. < ¿No estarán en algún bar?> se preguntó mientras soltaba un bufido y volvía a apretar los puños.
― Soy Fran, el padre de Nerea.
― ¡Hola, Fran!
― ¡Dile a Nerea que se ponga al teléfono, que la estoy llamando y lo tiene apagado!
El mueble zapatero que sostenía el teléfono estaba coronado por un pequeño espejo redondo, “de diseño” según Rosa, y Fran se miraba en él para tratar de adaptar sus muecas a la condición de padre enojado.   < Ha sonado bien.  Fuerte y decidido, a la vez que cabreado> pensó, arqueando las cejas y dibujando una leve sonrisa.  No había respuesta al otro lado de la línea, seguramente Alba ya le habría pasado el recado a Nerea y, ésta, temiendo la reprimenda, estaría sopesando si ponerse al aparato o salir corriendo para casa sin detenerse a contestar, como si el castigo funcionara como una regla de tres directa: menos minutos fuera de casa, menor castigo.
― Fran, yo no la vi hoy. No estuvo aquí.
Había tenido la deferencia de apagar la tele para que se la escuchara mejor.
― ¡¿Cómo?! ¿No fue a tu casa para ayudarte con los deberes, como todos los días?
En menos de un segundo se le había quebrado la voz, la sien se había retirado hacia atrás desfrunciendo la frente y los ojos se agrandaron hasta límites máximos.  El espejo le devolvió una imagen muy distinta a la anterior: la de un padre preocupado. 
― Creí que lo sabías… 
Alba también tenía un espejo enfrente y se miraba en él sin saber qué decir ni cómo actuar.  No tragaba con aquella historia de visitas a abuelas. Más bien parecía que Caperucita se estaba divirtiendo con el lobo feroz.  Pero… ¿con quién?  Ambas eran uña y carne, pasaban los días juntas…  ¡y no le había contado nada!  Estaba que rabiaba.  Era evidente que algo se había cocido sin ella saberlo.  Y además, Nerea le había mentido. Aquello de que tenía que ir con su abuela al médico ya no había colado el día anterior cuando se lo puso como excusa para no pasar ese día por casa. Seguramente tendría otro plan que no había querido contar a nadie; y debía ser un buen plan para que se le fuera el santo al cielo de esa manera, olvidándose de llegar a casa antes que sus padres.  Se le iba a caer el pelo, eso seguro, pero no sería ella quien la delatara  No pensaba contar absolutamente nada.  Claro que tampoco había nada que contar, salvo lo de Román; pero él estaba en Madrid, a quinientos kilómetros, y no podía tener nada que ver con la juerga que Nerea estaba corriendo esa tarde en Oviedo. 
 ― ¿Estás segura? ¿No es posible que te hayas olvidado?  ― Fran se dio cuenta enseguida de que la estaba interpelando con tonterías y trató de corregirse ― Quiero decir, que a lo mejor te has quedado dormida y lo has olvidado…
― Me dijo que hoy no podía venir porque tenía que acompañar a su abuela Aurora al ginecólogo.
Fran se tranquilizó casi de repente.  El espejo reflejó la imagen de un hombre sonriente que meneaba la cabeza de un lado al otro. < Me preocupo por nada y me comporto como un padre histérico> zanjó, relajando la expresión.
― No sabíamos nada, pero sí, seguro que se trata de eso, que Aurora la ha llamado para que la acompañe al médico y se le ha olvidado mencionarlo en casa.  No pasa nada, cualquiera puede tener olvidos. Gracias Alba.  Voy a llamar a mi suegra, seguro que aún está con ella.
― Chao, Fran. Y dile que no se olvide de que hemos quedado para mañana a las once.
― Descuida, yo se lo recuerdo. Y perdón por las molestias.
― No hay de qué.
Aurora vivía al final de la Argañosa, casi en la otra punta de Oviedo.  Tendría que telefonearla para comprobar que la niña estaba con ella lo primero, y para hablar con Nerea y decirle que le esperase allí lo segundo. No le hacía ninguna gracia volver a salir al ruedo del tráfico con la noche que estaba, pero tampoco era plan de que la niña anduviera por ahí, mojándose para subirse a un autobús.
― ¿Aurora?
― ¿Quién es?
― Soy Fran, tu yerno.
           ― ¿Fran? ¿Eres tú?
La voz de su suegra llegaba envuelta en otros ruidos, música y voces que provenían de la televisión o de la radio.  Su sordera aumentaba de día en día, a la par que su reticencia a usar aparatos de audición: era demasiado coqueta como para echarse encima uno de los signos más visibles del envejecimiento. 
― Sí, soy yo.  ¡Dile a Nerea que se ponga!
― ¿Cómo dices? No comprendo, deben estar las líneas averiadas a causa de la tormenta.
Aurora siempre encontraba la excusa apropiada para esconder su sordera.  Fran sonrió.
― ¡Que le di-gas a Ne.rea que se pon-ga! ― gritó, espaciando las sílabas.
― Nerea no está aquí, Fran.  ¿Quién te ha dicho que está conmigo?  Hace más de un mes que no la veo, desde la última vez que vinisteis los tres.
Fran seguía en el recibidor, frente al espejo, comprobando cómo su imagen cambiaba de expresión a cada segundo que pasaba.  El enfado abría sus ojos, le estiraba las sienes, apretaba sus labios y le sacaba las venas del cuello a flor de piel.  Al rato llegaba la preocupación y el ceño se fruncía, las pobladas cejas se unían encima de la nariz y se mordía los labios.  También acudió el miedo para apartarle el color de la cara y dejarla más blanca que el papel.
 ― ¿Fran? ¿Fran?
― Si, Aurora, estoy aquí, no te preocupes, seguramente estará con su amiga Alba.  Voy a telefonearlas.  ― mintió, para salvaguardar la preocupación de Aurora.
Y colgó sin contemplaciones. En ese momento era imprescindible racionalizar la situación antes de tomar decisión alguna.  Por otra parte, no sabía que decisión tomar.  Ya había hablado con las dos únicas personas con quien podría estar su hija y ni rastro.
Unos minutos después concluyó que, pensándolo bien, no existía motivo alguno para alarmarse: no eran ni las diez de la noche y, si bien era la primera vez que Nerea faltaba de casa a esas horas, también era cierto que estaba atravesando la adolescencia, un difícil trayecto en el que quien más quien menos ha cometido alguna locura.  El causante de la tardanza bien pudiera ser algún novio que hasta la fecha había permanecido en secreto y, de ser así, todo quedaría en una simple travesura.  Pero lo extraño era que ese secreto no lo compartiera con su mejor amiga.  O quizá sí lo había compartido y Alba mintió para no delatarla.  <Pero eso no puede ser,  porque fue la propia Alba quien me indicó que debía llamar a Aurora porque Nerea estaba con ella.> dedujo.
No sabía a quien más llamar. Nerea no se prodigaba demasiado en las relaciones sociales y no tenía amistades, sólo Alba y con ella ya había hablado.  Volvió a mirar el reloj.  Para telefonear al Instituto era demasiado tarde, a esas horas de la noche ya no quedaría nadie allí.  ¿Habría asistido a las clases? Seguro que sí, ella no perdería una clase por nada del mundo. O quizá si. Otra sacudida en el estómago le alertó primero para después impulsarle a dudar sobre si realmente conocía las prioridades, sentimientos y gustos de su hija.  Hasta ese momento pondría la mano en el fuego a que Nerea no saltaría una clase ni por todo el oro del mundo, pero quizá ese convencimiento carecía de base, o tal vez esa fe en ella había tenido fundamento hasta hacía muy poco tiempo pero ya no lo tenía en la actualidad porque los hijos cambian con la adolescencia.  Y, simplemente, él no se había percatado de esos cambios porque el tiempo que compartía con ella resultaba insuficiente a todos los efectos y, además, coincidía con los momentos de máximo apuro: un cuarto de hora durante el desayuno cuando lo que priorizaba era terminar cuanto antes para marchar al trabajo; y otra media hora durante la cena cuando, agotados tras la dura jornada, anteponían el descanso a la conversación.
A las diez menos cuarto suena el cerrojo de la puerta.  Fran se levantó del sofá de un brinco, cruzó el reducido salón en dos pasos y se asomó al recibidor con la esperanza de ver a Nerea aparecer por la puerta.  Pero la que llegaba era Rosa, envuelta en frío y lluvia, y en una enorme bufanda de un horrible color marrón, similar al de la mierda, que ella misma había tejido el pasado invierno a costa de robar minutos a su escaso tiempo de descanso.  Traía cara de pocos amigos, como de costumbre. En una mano sostenía la bolsa de plástico que contenía las pizzas de los viernes, en la otra un paraguas chorreando.  Entró con brío, quizá para aplacar algún enfado provocado por enfrentamientos con otra cajera, o con el encargado, o a saber con quien; entró dispuesta a hacer suya la casa a costa de romper la armonía que solía reinar en su ausencia, pero se quedó paralizada nada más enfrentarse a la cara atormentada de su marido.
Sería mejor adelantarse al interrogatorio, sin darle ocasión a que ella comenzara a preguntar sobre el motivo de tal recibimiento, ponderó Fran
― Nerea no está en casa.
― ¡¿Cómo que no está en casa?! ¡Estará con Alba! Ya sabes que le ayuda con los estudios. 
Rosa acentuó su respuesta con un gesto que denotaba indiferencia y hastío: siempre la recibían con problemas que no eran tales.  Airosa, esquivó a Fran, se metió en la cocina a toda prisa, arrojó la bolsa encima de la mesa, arrancó la bufanda de cuajo y la tiró encima de la bolsa.  Fran no paraba con las manos, por turnos palpaba las consolidadas callosidades de una y otra.
― Hablé con Alba y me dijo que no la ha visto en todo el día y que Nerea le contó que tenía que ir con su abuela al ginecólogo a las cinco de la tarde.  Llamé a tu madre y no hay tal consulta.
En un santiamén, el abrigo de Rosa fue a parar también encima de la mesa.
― ¡Esta niña es idiota! ¡A saber en qué andará metida! Seguro que se trata de algún noviete, algún tontolaba como ella, de otra manera no se explica.  ¡Cuando aparezca por esa puerta se va a enterar!
Señaló la puerta de entrada con el dedo índice más tieso que un misil y después cerró el puño para dar a entender lo que le esperaba a su hija cuando entrara por allí.
 ― Voy a poner las pizzas en el horno y, cuando estén listas, comemos.  Ella se queda sin cena esta noche.  ¡Y eso va a ser un mal menor comparado con lo otro que le espera! ¡No vuelve a pisar la calle en dos meses! ¡Ni cine, ni paseo, ni tarea con Alba, ni leches!
El envoltorio desapareció rápidamente entre sus manos para ir a parar al cubo de la basura como por arte de magia.  Arremangó la chaqueta hasta el codo, metió las pizzas en el horno, soltó un bufido, meneó la cabeza y, con gesto airado, marchó a cumplir con el ritual de cada noche: recoger el pelo con una pinza y envolverse en la bata. 
Entretanto, Fran masticaba incertidumbre.  Aunque lo que en realidad sentía iba un paso más allá de la simple preocupación: era miedo.  En su interior algo le decía que la adolescencia por si sola no habría conseguido alterar los sólidos principios de Nerea, una niña buena y sincera que, en condiciones normales, jamás tramaría semejante embuste. Y lo peor de todo, lo que más le aterrorizaba, era que no sólo les había mentido a ellos, sino que también a su mejor y única amiga.  <A esa edad los jóvenes son un libro abierto para sus amigos íntimos, aunque lo cierren a cal y canto para los padres> aseguraba.
Rosa regresó a la cocina con su rojo pelo recogido en un moño alto y la bata color fucsia vivo dando la nota.  Fran apartó la mirada para que no resultase dañada con la unión de tan estridentes colores.  También se apartó él hacia el recibidor, para volver a marcar el número de teléfono de su hija.  Seguía apagado o fuera de cobertura.  “Recibirá un mensaje tan pronto esta persona se conecte” aseguraba una voz femenina que intentaba sonar amable, jovial y cercana.
― ¿Es que tampoco coge el teléfono?  ― preguntó Rosa mientras se arremangaba para sacar la pizza del horno.
― No, no lo coge.  Desde que llegué de trabajar la estoy llamando cada rato, y lo tiene apagado.
― ¡Esa niña se va a enterar!  En cuanto aparezca por la puerta le meto dos sopapos… 
Rosa estaba encendida, por el calor que desprendía el horno y por la rabia ante el desacato de su hija a uno de sus muchos mandatos.  Destilaba furia por cada poro de su piel y apretaba los dientes haciendo más prominente aquel cuello de toro, heredado de su madre y acrecentado con los años y los dulces que tanto le gustaba comer a media mañana y a la merienda.
― ¿No te has parado a pensar, aunque sólo sea por un momento, que a nuestra hija pudo haberle ocurrido algo malo?
Mientras las palabras salían de boca de Fran, de sus ojos brotaba la incomprensión, el desprecio y hasta una pizca de odio.  Durante los últimos años, cada día y casi cada hora, se había preguntado a sí mismo por qué seguía al lado de aquella mujer y jamás había conseguido obtener una respuesta aclaratoria, ni mucho menos satisfactoria.  Ella era un témpano de hielo que no había amor ni pasión en el mundo capaz de derretir; siempre malhumorada y enfadada con el mundo, como si todos le debieran y no le pagaran; además, era nula en su faceta de esposa: la pasión había agonizado lentamente aquejada de ausencias y, aunque los encuentros amorosos comenzaron a postergarse poco después de la boda, Fran no quiso aceptarlo hasta que ya no tuvo remedio.  A los cinco años de casarse nada quedaba de la complicidad que de novios habían trenzado y hacían el amor una vez al trimestre, quincena arriba o abajo.  Cuando él la buscaba entre las sábanas, ella se abría de piernas con la misma desgana que lo haría si acudiera a la consulta del ginecólogo; y él usaba su cuerpo para desfogar la pasión acumulada durante tanto tiempo, procurando terminar lo más rápido posible porque era consciente de que estaba molestando, y mucho a juzgar por la pasividad de Rosa. Después, con el paso de los años, aprendió a ahogar la pasión al primer asomo, se acomodó en la monótona vida familiar y olvidó sus sueños; pero lo que no era capaz de aceptar de ninguna de las maneras era el hecho de que Rosa adoptara también el mismo comportamiento nulo en su faceta de madre. 
― ¡Qué le va a haber pasado ni qué niño muerto! ¡Esa está por ahí, ganduleando! Y le importa tres pepinos que estemos esperándola para cenar. Pero… ¿sabes lo que te digo? Que yo voy a cenar ahora mismo. ¡No la espero ni un segundo más! ¡Y cuando llegue, que se prepare!
         ― Pues cena tú sola.  A mi se me han quitado las ganas.
Fran salió de la cocina dejando atrás un portazo que resonó en toda la casa y sin saber muy bien dónde ubicarse mientras esperaba.  Tendría que ser un lugar donde no compartiera espacio con Rosa: en las actuales circunstancias le resultaría imposible soportar su presencia.  Con la ayuda de quince años de convivencia no le resultó difícil predecir sus actos: ella cenaría en la cocina, recogería los pocos cacharros de la cena, iría al baño de la habitación grande a lavarse los dientes y luego al salón para ver la televisión.  Optó por refugiarse en el cuarto de Nerea, único rincón de la casa donde era improbable que Rosa hiciera acto de presencia.
Halló el cuarto oscuro y frío. Sin encender la luz, tanteó los muñecos, los apartó hacia un lateral de la cama y se tendió en el reducido espacio que quedaba libre.  Intentó razonar la situación, desmenuzarla por partes hasta ver si así le encontraba una explicación; pero razones fisiológicas se lo impedían: el olor de la pizza se colaba a través de la puerta abierta, él lo absorbía, su estómago rugía como un león y la saliva invadía su boca amenazando con ahogarlo.  Se levantó a cerrar la puerta y volvió a acostarse.  Un mal presagio quiso acompañarle durante unos segundos pero logró espantarlo. Cerró los ojos.  A través de la puerta, como una lombriz, se deslizaba el tintineo de cacharros en la cocina, luego los pasos de Rosa en el pasillo y después el silencio.  El tiempo pasaba lento, como si el reloj también se hubiera aliado con su angustia para alargar la espera lo más posible y así sacar el máximo partido a la tortura.  ¡Que suerte tenía Juan! ¡Y también Teresa! ¡Ay, si el pasado se pudiera borrar con una goma…! Y volver a escribirlo como si nada…


CAPITULO II
Existe un proverbio chino que viene a decir: “el aleteo de una mariposa puede provocar un tsunami al otro lado del mundo”.
            Cuarenta y tres días antes de que Fran encontrara su casa vacía, en concreto la tarde del jueves quince de octubre de 2009, una mariposa negra como el carbón se disponía a batir sus alas; y lo hacía a cientos de kilómetros del Instituto de la Corredoria, en Oviedo, donde Nerea recogía libros y cuadernos para regresar a casa después de una mañana de insufribles clases.  Eran las dos y media de la tarde y la acompañaba Alba, su única amiga. Ambas cursaban segundo de Educación Secundaria Obligatoria.
― ¡Esto es una cárcel!
Con un gesto de cabeza, Nerea señaló el sólido enrejado que cerca el edificio.  Las palabras habían salido sin previa reflexión, empujadas por la sensación de encierro que, de un tiempo a esa parte, le provocaba el Instituto. Nada más dejarlo atrás, se sentía tan liberada como si saliera de prisión.
― Pues los presos acaban de fugarse.
Alba rompió a reír a carcajadas señalando la acera con el dedo.  En aquel barrio de nueva creación abundaban las parejas jóvenes con hijos en edad escolar y, a aquella hora, las calles se podrían comparar a un hormiguero humano, un mar de mochilas, una algarabía en movimiento, o a un surtido de todo eso y mucho más.  Miró a Nerea: estaba más seria que un Ministro.
― ¿A qué viene ahora esto?
           ― No sé qué pintamos aquí, tía. Nadie nos hace caso. ¡No saben ni que existimos!
― ¡Ya se enterarán! No seas quejica. Hay que dar tiempo al tiempo, como dice Marta.
Alba ya estaba curada de espantos. Al igual que Nerea, había llegado al Instituto de la Corredoria hacía por esas fechas un año, aproximadamente, tras haber sufrido otros tres cambios de colegio. Su madre, Marta, era culo de mal asiento y, tras el divorcio, se había mudado hasta tres veces de piso, cada uno en una punta de Oviedo.  Finalmente fue a encontrar en aquel barrio de las afueras lo que decía llevar tiempo buscando. 
Alba, al igual que Nerea, también había movido Roma con Santiago para conseguir ser aceptada en alguno de los grupos de amigos ya formados de antemano, desde Primaria; y el resultado había sido el mismo para ambas: cuanto más insistían y más ponían de su parte, menor era el éxito y mayor el rechazo.  Irremediablemente, tras el repudio llegó el inevitable desencanto y la triste conclusión de que no era plan seguir intentando entrar con calzador en alguno de aquellos grupos. 
Conscientes (¡Cómo no!) cada una de la existencia de la otra, ambas decidieron ahorrar en esfuerzos inútiles y propiciar un acercamiento, que resultó sencillo porque, además, compartían aula.  Mas tarde descubrirían con agrado que sus personalidades, aunque dispares en muchos puntos, lograban complementarse bastante bien.  No obstante, para que la amistad fraguara de forma sincera y no por pura necesidad, intervinieron algunas características comunes que resultarían decisivas: ambas eran aplicadas, responsables, hijas únicas, vivían en calles próximas y compartían la misma soledad, derivada en parte del estilo de vida moderno. Aún así, subterráneamente, en aquel caldo nunca faltaban envidias y roces por motivos diversos.
― ¿No estás asada, tía? ― preguntó Alba.
Una vez más, Nerea enrojeció de vergüenza por culpa de aquella dichosa cazadora de pana heredada de su madre y, por ende, pasada de moda desde hacía una década. La prenda no tenía desperdicio: horrendo color marrón, gigantesco cuello rematando la cremallera de la delantera, amplia como una chilaba,  espantoso cordón frunciendo los bajos, raída en los puños por el uso de dos generaciones.  Debía ser la milésima vez que Alba la examinaba detenidamente; Alba y otros trescientos más, porque la prenda se había convertido en el hazmerreír de todo el Instituto.  Pero no tenía sustituto para ella ni preveía tenerlo, no al menos durante el invierno que se avecinaba.   “¡Qué chula! ¿De donde la has sacado? Es tan… tan… retro?” había comentado ese mismo día Jenny, la vaca sagrada intocable de primero de bachillerato, mientras sus dos amigas del alma le reían la gracia a carcajadas.
― ¡No empieces con la cazadora!
Alba escondió la mirada.
― No es por eso, tía, y lo sabes; es que hace un calor infernal…
            Era cierto. Aquel día de pleno otoño resultó ser el más caluroso en todo lo que iba de año.  Dos pasos más adelante, Nerea se desprendió de la cazadora. 
           ― Así está mejor.  ¿Por qué agobias, tía? ¡No estamos tan mal!
― Estoy harta de las clases, del Instituto, de los profes y de todos estos tíos que van de guays por la vida.
Aunque sabía que a nadie ni a nada podía señalar como causante del tedio que la envolvía, igualmente la frase le salió del alma. También sabía que las responsables de tal aburrimiento no eran otras que las altas expectativas que ella misma había ido esculpiendo durante el transcurso del pasado verano y que en esos momentos se estaban desmoronando como si fueran castillos de arena expuestos al vaivén de las mareas.  También sabía que esos castillos estaban construidos sobre la ilusa esperanza de que el nuevo curso arrastrara nuevas amistades hacia ella.  Y no había sido así: su única amiga seguía siendo Alba.  Y no había tardado en comprender que esa esperanza de que su destino tomara otro rumbo durante el vigente curso no tenía ninguna razón de ser más que el deseo de que así fuera; pero el hecho de ser consciente de las causas no ayudaba a mitigar los efectos.
Pasaban por delante de la Plaza Fuente la Braña cuando Alba se paró en seco y la miró a los ojos, muy seria.
― También estás harta de mí, ¿no es eso?
Nerea se quedó de piedra. ¿Qué mosca le habría picado a esta? No se le había ocurrido pensar que sus palabras pudieran interpretarse de esa manera. Tenía a Alba enfrente, sondeándola con sus ojos color miel y no encontraba respuesta satisfactoria para acallar aquel repentino interrogatorio; es más, la reacción le había pillado tan por sorpresa que no le salían las palabras.  En cambio, su cuerpo sí que había respondido, sin su permiso y en la forma que tanto odiaba: ponerse colorada.
― ¿Estás harta de mi, Nerea?
Alba había subido el volumen, casi gritaba; y la miraba con cara tan seria que parecía un juez de la Inquisición.  La ponía nerviosa.
― ¡No es eso, tía! ¡Estás desvariando!
― Entonces ¿qué es?
― No sé...  ¡Que soy invisible, que nadie me hace caso y que si me lo hacen sólo es para reírse de mí, de mi cazadora, de mi ropa, de lo que sea!
Nerea estaba a punto de romper a llorar y Alba calló porque en ese momento era a ella a quien no se le ocurrían palabras capaces de restar importancia al asunto.  La cazadora se las traía y nada se podría hacer para defenderla contra las risas que provocaba.
― ¿Te apetece que vayamos esta tarde a darnos una vuelta por el Parque Principado? En Berska tienen cosas muy chulas.  ― propuso tras dejar pasar unos minutos de armisticio.
― No puede ser.
Comprar ropas nuevas, que no fueran de mercadillo, no estaba tan siquiera al alcance de sus sueños.  Rosa, su madre, había puesto el grito en el cielo haciendo temblar la tierra cuando ― en un par de ocasiones, creía recordar ―  le había pedido que le comprara un vaquero en El Corte Inglés, de marca, porque los otros, los de marcas más económicas, no le sentaban bien al estar diseñados para chicas más esbeltas, con menos centímetros de cadera y más de pierna.  Y cuando se cansó de gritar, Rosa reiteró su “no” alegando que ella misma, después de toda una vida trabajando como una mula de carga, aún no había alcanzado a comprarse un bolso decente.  El máximo anhelo de Rosa consistía en poseer un bolso caro que mostrar al mundo.
―  ¡Déjalo! Es igual… si sólo fuera la ropa aún tendría arreglo, pero hay mucho más… ¡Estoy harta de todo!  ¡Harta, harta y más que harta!
A simple vista parecía una niña enfurruñada, ensayando pucheros y con las lágrimas asomando por los ojos; pero su mirada mostraba un poso de tristeza que la hacía parecer más adulta que nunca.
Alba miró el reloj y dio un brinco. ¡Habían pasado veinte minutos desde que salieran del Instituto y todavía seguían en la Plaza Fuente la Braña!  Incrédula, vio a Nerea acercarse al edificio que monopoliza el lateral que da a la calle de las Ciudades Unidas.  Decidió seguirla a pesar de la hora, hasta ver en que acababa la cosa.  Ambas se detuvieron frente a la puerta de cristal que da acceso al edificio y que refleja la imagen como si de un espejo se tratara.
―  ¡Soy horrible!  ¿Por qué no me habré quedado en los ocho años?
          Nerea había sido una niña delgada, de grandes ojos azulados y pelo rubio.  Pero, a su pesar, con la metamorfosis de los años su cadera se había ido ensanchando poco a poco pero de forma rotunda, sus piernas dejaron de crecer antes de la cuenta, el pelo se oscureció como la noche y unas profundas ojeras acudieron a subrayar sus ojos sin ser convocadas.  Por si fuera poco, el bello facial estaba proliferando en su piel blanquecina como si lo hubieran sembrado y abonado; una miserable lacra que la estaba convirtiendo en la diana en la que algunas de sus compañeras de clase practicaban lanzando una y otra vez sus dardos envenenados. “¿No había una canción titulada El bigote de Tomasa, chicas? ¿O era el bigote de Nerea?” preguntó una vez Caty, una rubia oxigenada con fachada de muñeca Barbie que se sentaba dos pupitres más atrás.  “¿No hay que pedir permiso al Director para dejarse barba?” bromeó un chico que iba de “tío bueno” y de “guay” por la vida y al que no conocía de nada.
Ante el cristal de la puerta posó de frente, de lateral derecho, izquierdo, parte trasera, apartó el pelo a un lado, al otro, cabeza hacía atrás, hacia delante y hacia los lados; y todo sin desprenderse de la expresión de asco: nariz arrugada, boca torcida, resoplidos por doquier, vueltas y más vueltas.  Trataba de emular a las modelos de revista para comprobar una y otra vez lo mal parada que salía: se asemejaba a una modelo como un huevo a una castaña.
              ― ¡Pues sí que la has cogido con eso! ¡Vayámonos, tía, o no llegaremos nunca a casa!
             Nerea no hizo ni caso.  Por el contrario, cuando se aburrió de examinar la propia silueta, se centró en la de su amiga.  La fisonomía de Alba estaba más o menos en la misma línea, aunque ella presentaba una tez aún más blanca y además tenía el pelo ondulado, de un color castaño claro que aportaba gracia a su rostro; y su cara podría resultar dulce en su conjunto de no ser por aquel asqueroso acné que la había asaltado un par de años atrás y que no había potingue capaz de extinguirlo, aunque ya había probado unos cuantos.
             ― ¡Vamos, tía! No sé qué mosca te ha picado hoy, pero yo tengo que llegar a casa, ¿sabes?
Indignada a causa de que su amiga rebotaba cualquier tipo de consejo o advertencia, Alba echó a andar sola hacia el final de la calle de las Ciudades Unidas.  A los pocos pasos le remordió la conciencia y, preocupada, miró hacia atrás para comprobar si la seguía; pero Nerea continuaba frente al portal, metiendo barriga y posando de lado. Meneó la cabeza y prosiguió el camino.  Al girar hacia la derecha por Cardenal Álvarez Martínez sintió que se le acercaba a la carrera.
― Veo que decidiste volver hoy a casa.
Nerea no contestó. Seguía enfurruñada, con la naturaleza, se supone.  Alba volvió a menear la cabeza, luego fijó la vista en el asfalto y reanudó el camino hasta el final de la calle Llaviada con Nerea como compañía silenciosa. 
              ― ¡Conéctate a Tuenti en cuanto llegues! Necesito que me ayudes con los deberes de mates. ― ordenó Alba ante la puerta de su edificio, el último de aquella calle.
― Ya sabes que me conecto nada más llegar; así que no me hagas gastar saldo porque tengo poco y  no me van a cargar más este mes.
― Vale, vale… Sólo Tuenti.
   Alba sonrió ante la resurrección de su amiga, trazó con las manos varios movimientos raros que podrían significar despedida o cualquier otra cosa, y se perdió tras la puerta.
   Su edificio hacía esquina con la calle Molín de Pachón.  En esa misma calle, en el último edificio, vivía Nerea con sus padres desde hacía exactamente un año y cuatro meses.
 Rosa y Fran habían adquirido aquella vivienda con la ingenua ilusión del que pretende hacer suyo un trozo de mundo, con la preocupación del que hipoteca casi todo su futuro en ese mundo y con la prudencia de quien sabe que no puede abarcar más de lo que alcanza su propia mano, también en ese mundo donde cada uno debe apostar según la mano que tenga o haya heredado.  Desde meses antes de la compra, el futuro hogar acaparó todos los sueños y la mayor parte de las conversaciones de Rosa, su madre, y algunas de Fran, su padre: tomarían posesión de él, lo amueblarían a su gusto, serían felices allí, recibirían familiares y amigos, festejarían Navidades y cumpleaños, envejecerían entre sus paredes, y un largo etcétera que abarcaba momentos grandes y pequeños de la vida. 
No obstante, el piso distaba siete leguas de ser la joya que pregonaban sus padres y a ella la decepcionó enseguida aquella propiedad que con un poco de suerte heredaría ya pagada.  Situado en los confines de Oviedo, el piso lindaba con el campo y con la Autovía Ruta de la Plata que, con su ir y venir de tráfico incesante y su aplastante ruido, volvería loco a cualquiera.  En menos de una semana, Nerea pasó de la emoción del estreno a la morriña por el piso que hasta entonces había sido su hogar, viejo pero ubicado en el centro de la ciudad, allá donde las estatuas toman las calles; allá donde la saludaba cada día “La Esperanza caminando”: una estudiante distraída y despreocupada, que a dos pasos de su portal la esperaba libro en mano.  “La chica de piedra” ― así la llamaba desde que había comenzado a hacer uso de la palabra ― y ella tenían algo en común: muchas horas de espera a sus espaldas, libros en mano.  A La Esperanza la había condenado de por vida su escultor; a ella la habían confinado sus padres en aquel gélido colegio durante dieciséis de las veinticuatro horas del día. 
Pero al menos no vivían en el culo del mundo como ocurría en la nueva vivienda.  Todo lo contrario, habitaban en el corazón de la ciudad; eso sí, el piso estaba encaramado en la cuarta planta de un viejo edificio sin ascensor y se accedía a él tras un largo y tortuoso peregrinaje a través de angostas escaleras de madera que crujían con cada paso.  En el antediluviano piso, la luz se colaba como podía a través de pequeñas ventanas de hierro, que sin embargo no presentaban obstáculo alguno para el frío de la calla y lo dejaban pasar a raudales, abocándoles a vivir con la humedad instalada como compañera permanente e indeseable.  Pero el alquiler resultaba relativamente económico, en comparación con los precios que gobernaban el mercado, y les permitió ahorrar lo suficiente para costear la entrada del que después habitarían; hipotecándose de por vida, eso sí, para liquidar el resto.  Allí, alejados del centro y de sus astronómicos precios, el presupuesto de sus padres alcanzaba para amortizar la hipoteca de cuatro paredes que encerraban sesenta metros cuadrados repartidos en dos habitaciones, un baño, una mini-cocina y un mini-salón. 
Allí la recibía cada tarde la soledad, la humedad y el olor rancio que impregnaban cada rincón.  Rosa, ahorradora por obligación y no por vocación, mantenía las ventanas cerradas y así eran dos los beneficios que obtenía: el rocío matutino no entraba para refrescar la casa en demasía y los euros no salían en forma de factura por gastos en calefacción. 
Fue directa a su habitación.  La puerta, cerrada como siempre. ¡Qué manía tenía Rosa con atrancar todo a cal y canto! La abrió con mala leche.  Ya dentro, estiró los brazos y sacudió la espalda para dejar que la mochila se deslizara hacia el suelo, encima tiró la cazadora de pana, luego el resto de la ropa, vistió el pijama para estar más cómoda y se fue a la cocina.  Sobre la vitrocerámica, dentro de una fiambrera redonda de color azul celeste, esperaba el menú.  Retiró la tapa y echó un vistazo al contenido: macarrones con atún.  El gesto instintivo que siguió lo dijo todo. Y pan y agua encima de la mesa, que también miró con desagrado. Todos los días comía rápido y sola; y aquel tupper, aislado sobre la encimera y desprovisto de calor familiar, parecía decir “déjame, déjame” y no “cómeme, cómeme”.  Finalmente lo introdujo en el microondas, programó dos minutos de tiempo, retiró un plato del armario, lo llenó hasta el término, recordó que debería comer menos, retornó la mitad a su lugar original, cogió la barra de pan, decidió que tampoco le convenía y lo volvió a dejar en su sitio, buscó el kepchup en medio del desorden que reinaba en la nevera, roció con él los macarrones y se dispuso a engullirlos. Tardó poco; después lavó el plato y se fue a su habitación, derecha al ordenador.  
En el chat esperaba un mensaje de Alba.  < ¡Qué pesada se ha puesto con los deberes de matemáticas! Total, seguro que nadie de la clase sabe resolverlo.  Lo traerán solucionado porque alguien les ayudará, pero no por méritos propios> adelantó. 
― ¡No lo sé acer! Sgur k sn ekuacions, pero yo no paso d la primra.  ¡Djalo!  No keo k ns vyan a suspndr x sto.
― ¡Lo dirás tú!> ― replicó Alba inmediatamente.
― ¡Ps claro k lo digo yo!  Y ade+, si no sé slucionrl, no sé x k t pons tn psada. ¡Intntalo tú! Y luego m pasa la rspuest. ¿ X k t mpeñs en k sea yo quien busk la slución?
 No sé… kizá x k ers la + lsta d ls ds…
 ¡Piérdt! ¿Vale? ¡Tngo csas k acr! ¿T spro mñan n tu xtal, o pso?
              El día menos pensado, Alba le haría perder los estribos. Se ponía demasiado pesada cuando algo se le metía entre ceja y ceja y, además, usaba continuamente esa ironía, tan suya, con la que siempre conseguía poner la guinda sobre el pastel.  ¡Y eso la sacaba de quicio!  Aquello de “quizá porque eres la más lista de las dos” le había sentado fatal.
La respuesta tardó al menos media hora en llegar, tiempo sobrado para rebobinar la conversación mantenida y arrepentirse de sus propias palabras.
― ¿Acaso no m spras  tods ls mañans? ¿A k viene eso aora?
 No sé…, kzá xk, dspués d lo d ants, seas tú kien no kiera acmpñarm… ¡Spra! ¡Spra! ¡M acaba d saltr 1 mnsje!
― Srá d alguien k s a cnfndido.
El comentario dolió lo suyo. ¿Por qué no podía ser de un admirador? ¿Por qué, si recibía un mensaje, necesariamente debía tratarse de una confusión?  Preferiría que su amiga le ayudase a levantar un poco la autoesmina, en lugar de contribuir a que embarrancara definitivamente.
― ¡T vs a kdar cn ls gans de sabr, x grosera! ¿X k no pued sr d alguien k sté intresad en mi? Kizá Aitor…
 ¡Aitor ni sikiera sab k exists! ¿Qndo t ntrará eso n l cabza?
 ¡T kds cn ls gans asta mañana!  Chao.
Sonrió y alzó los puños con gesto triunfal. Al día siguiente, tan pronto se encontrasen en el portal, Alba le preguntaría insistentemente de quién era el mensaje, y ella se limitaría a sonreír.  No diría nada, sólo sonreiría. Después, el misterio se encargaría de atraer el interés de Alba hacia ella.  Sin duda, se trataría de una equivocación, tal y como Alba había vaticinado, pero jamás le reconocería que había acertado.
― ¡Hola! ¿Qué tal?
Preguntaba un tal Román Domínguez en el chat de Tuenti.
Repentinamente recordó que, unos días atrás, había recibido una solicitud de amistad de esa persona, al cual ni conocía de nada ni de nada le sonaba su nombre; y que en un primer momento dudó entre aceptarla o rechazarla, pero que finalmente la había aceptado porque, aún convencida de que la estaba confundiendo con otra persona, se sintió contenta de tener un amigo a mayores.   Casi no tenía amigos, ni en Tuenti ni en ninguna otra parte.  Sólo contaba con diez añadidos en la red social, mientras que algunos compañeros de su clase presumían de más de doscientos.  En su perfil figuraban Alba, Chus, Bea, Sandra, otros cinco que se lo habían pedido y, ahora, Román, aunque seguramente por poco tiempo pues, de tratarse de un error, la eliminaría enseguida de su lista de amigos.  A Alba debió habérsele pasado por alto que Román Domínguez estaba allí, de lo contrario habría indagado sobre él, eso seguro.
Chus, Bea y Sandra eran sus antiguas amigas, con las que había compartido los últimos cursos de Primaria.   Las cuatro eran inseparables, amigas del alma, como suele decirse; pero la distancia, ayudada por los cambios del comienzo de la adolescencia, se había encargado de distanciarlas, poco a poco, sin los traumas propios de esos casos y de esas edades.
Durante las semanas que siguieron al traslado de Nerea al nuevo piso, las tres le enviaban mensajes a diario, interesándose por su nueva vida.  Después, transcurridas unas cuantas semanas más, fueron apareciendo los pretextos propios del distanciamiento y el chateo se fue espaciando. Actualmente nada sabía de ellas.  Con mucha frecuencia las veía conectadas en el chat pero no intentaba contactar debido a que los últimos mensajes enviados no obtuvieron respuesta alguna, ni pronto ni tarde; y con lógica dedujo que, si no contestaban era debido a que ellas habían dado por zanjada la amistad.  
Algunas veces sentía una punzada de culpa.  Quizá no se había esforzado lo suficiente por mantener aquella amistad y, aunque no por falta de ganas, no había vuelto a quedar con ellas desde el cambio de casa y de Instituto.  Algún fin de semana les había pedido a sus padres que la llevaran con ellas, pero siempre andaban liados y las excusas para no cumplirle el deseo les salían a borbotones. La vorágine del trabajo les absorbía casi todo su tiempo durante la semana y debían aprovechar los días de descanso para cumplimentar las labores propiamente domésticas.
Otro mensaje de Chat puso fin a su vagar por tiempos pasados.
<Se ha confundido de persona.  Seguro que buscó el perfil de otra Nerea Iglesias y apareció el mío> dedujo, meneando la cabeza.  El tal Román debía creer que estaba chateando con una amiga porque de haberse dirigido a ella, a una desconocida, previamente se habría presentado y después le habría preguntado cómo se llamaba.  < ¡Qué tontería! ¡Pero si lo está viendo en mi perfil!> recapacitó.  <Bueno, pues me habría preguntado dónde vivo, cuantos años tengo, o lo que sea>
Tentada estuvo de borrar el mensaje, directamente, sin contestar; pero pensándolo mejor concluyó que sería una gran putada para el tal Román porque seguramente habría otra Nerea esperando ese mensaje con impaciencia y a ella no le costaba nada hacerle saber que se había equivocado. 
― Creo k t as cnfndido.
 Puede ser… pero, ya que estamos aquí…, podemos charlar un rato, si te apetece…
             La respuesta había llegado enseguida, casi instantáneamente.
― Otro día, ahora tengo cosas que hacer.
Ser grosera con un desconocido que en nada la había ofendido no casaba con su forma usual de proceder, pero era cierto que tenía trabajo pendiente, en concreto los deberes de matemáticas y estudiar para el primer parcial de Naturales.
― ¿Deberes quizá? ¿Vas al Instituto?
 As adivinado
 Yo estoy en cuarto de la E.S.O ¿y tú?
 En sgund.
 ¿Y qué tal? ¿Cómo lo llevas?
 Bstnt bien.
Debería cortar inmediatamente o no conseguiría terminar para cuando llegasen sus padres. Le contestaría con frases cortas o monosílabos, hasta ver si así se daba por aludido.
― Veo que no eres muy comunicativa ¿o es que te asusta hablar con desconocidos? Yo no puedo hacerte nada.  No sé nada sobre ti y, además, quizá nos separen miles de kilómetros de distancia.
¡Escribía con todas las letras! ¡Qué raro en un chico de cuarto de la E.S.O.!
― Es k tng csas k acr. 
 Seguro que sí, Nerea.  ¡Tienes un nombre muy bonito!
 Gracias.
Aquel tío no se daba por aludido. No conseguía explicarle a las claras que no podía estar chateando porque tenía tarea pendiente.  Miró el reloj: eran las cuatro de la tarde.  Iba bien de tiempo porque había comido poco y rápido.  Para cuando enfrentó la mirada a la pantalla del ordenador ya había otro mensaje esperando respuesta.
― El mío es obsequio de mi madrina.  Mis padres querían llamarme Manuel.
 Mjor Román.
 Creo que sí.
 Bueno…, tng k djart o llegarn ms padrs ants de k hya empzado.
Se sintió valiente cuando, al fin, consiguió escribir la frase que cortaría definitivamente la conversación.  La timidez no conducía a ninguna parte, intentar agradar a todo el mundo tampoco, ya se lo decía Alba.  Al instante le pareció que no había motivo alguno para creerse tan valiente: no estaban hablando cara a cara y, además, pudiera ser que les separasen miles de kilómetros de distancia, como él bien había dicho. Y tampoco había intentado agradarle, simplemente no ser descortés.   Alba no llevaba la razón cuando, con palabras muy diplomáticas eso sí, le daba a entender que la gente no la tomaba en serio porque constantemente retaba a la madre naturaleza simulando una simpatía que le había sido negada de nacimiento. ¡Tonterías!
―  ¿Hablamos mañana?  ¿A qué hora te conectas?
 A est ora.
¿Y por qué no había dicho “no”? ¿Por qué le seguiría dando pie a continuar chateando? Quizá Alba tenía razón: era incapaz de dar un “no” por respuesta, tenía poco carácter y por eso deseaba caer bien a todo el mundo.
― ¿Hablamos mañana a las tres, entonces?
<Insistente si que es” consideró, dejando asomar una sonrisa que no encajaba con las cavilaciones del momento: un pourpurri mental donde se mezclaban sin concierto sus propios sentimientos con las palabras de Alba.  Pero, simplemente, no había acertado a dar otra respuesta.  Por un lado, deseaba aprender a tener más carácter ― si es que eso se podía cultivar ― y a dar un “no” por respuesta; por otra parte, le daba corte chatear con un desconocido.  ¿Qué le iba a contar? En cuanto intercambiasen unas cuantas frases sobre las clases ya se le habría agotado el repertorio.  Ella era muy sosa, él se aburriría y se acabó.  Decididamente, lo mejor sería cortar por lo sano.  Sobre el teclado, los dedos se disponían a transmitir la negativa.  Los detuvo en el aire.  En el último momento, y sin comprender la razón, sintió que su corazón circulaba en sentido contrario: no deseaba transcribir la frase que le redactaba la mente.  ¿Qué hacer, entonces?
― ¿Qué me dices?
Las manos seguían igual: indecisas, sobrevolando el teclado. ¿Por qué no querría decir que no y ya está? Y acabar con aquella confusión de una vez.  No, no quería, no deseaba eso.  Aquella había sido una tarde diferente: no se había sentido tan sola.  Además, ahora tenía un secreto.  Un secreto que sólo era suyo y no de Alba, ni de Jenny, ni de alguna otra de esas que los sueltan al aire para que circulen y, de paso, incrementen su ya cuantiosa su popularidad en el Instituto, alimentada fundamentalmente a base de chismes maliciosos y aventuras inventadas que se sacan de una manga tan ancha como la de un mago.  Porque los secretos son como la miel: atraen.  Por más que uno quiera taparlos, ellos siempre acaban saliendo a la luz por su propio pie.  Pero, en tanto afloran y no, delatan su presencia en gestos, actos y actitudes de la persona que los guarda; y los demás los perciben, saben que están ahí, y se aproximan a su portador con la intención de destaparlos y ver su contenido.  Nerea imaginaba, casi veía, a sus compañeros del Instituto abordándola en los pasillos: “¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¡Enséñanos una foto!”.  Ella sonreía, continuaba su camino y los demás la seguían, suplicando información.
―  O.K Ablms mñana.
 ¡Bieeeeen! Ahora te dejo para que trabajes. Chao, Nerea.  Hasta mañana.
Sintió una alegría cuyo origen no acertaba a identificar. Aquel “hasta mañana” traía continuidad, sal para su insulsa vida, algo que esperar y mucho en que pensar que no fueran los deberes y los rifi-rafes de sus padres o los cotilleos de clase; algo propio en definitiva. Además, Alba se moriría de ganas por saber, mendigaría para averiguar detalles; y los demás también, porque con el tiempo correría el rumor en clase y nadie conseguiría sustraerse al interés que ella despertaría. ¡Y se trataba de un chico de cuarto, nada más y nada menos! Fantaseando frente a la pantalla del ordenador, su autoestima subía como la espuma.
Aunque nada le había dicho al respecto, con total seguridad él se había equivocado al enviar el mensaje.  Pero lo verdaderamente importante era que, tras el error, él había persistido en continuar chateando. < Luego no soy ni tan tonta como dice Rosa ni tan sosa como dice Alba > determinó.
Inconscientemente, arrancó a soñar despierta, a ocupar su mente asignándole una cara y un cuerpo a aquel desconocido.  Con ese nombre, que sonaba fuerte y desprendía aplomo, existirían muchas posibilidades de que le gustase el deporte, e incluso de que practicase más de uno; por ende, sería alto y musculoso.  Y la cara… ¿Cómo sería la cara de alguien que se llama Román?  No conocía a nadie con ese nombre para usar como referencia.  Apartó la mirada del ordenador y mentalmente trazó distintas facciones que pudieran encajar con ese nombre.  Sobre el pupitre, el teléfono móvil era una tentación que le distraía: deseaba contárselo a Alba ¡ya!  Quizá a ella se le ocurriese algo.  No, no podía ser, había jurado que la mantendría con la incógnita, por grosera.  Desvió la vista hacia las paredes de la habitación para concentrarse mejor hasta ver si lograba trazar un rostro para Román, pero aquel color rosa salmón que tanto le gustaba a Rosa y tanto detestaba ella, la desconcentró totalmente. Esperaría a disponer de más datos y entonces le asignaría un rostro fiel a la realidad. Quizá él le enviase una fotografía, y así se ahorraría el esfuerzo. 
“¡Ojalá sea guapo! ¡Seguro que es guapo!  ¡Tiene que ser guapo!  Para que se mueran de envidia cuando vean la foto en Tuenti. Todas me pedirán amistad para verlo a él”
Soñaba despierta y hablaba en voz alta. 
Quizá Román fuera el impulso que necesitaba para elevar su amor propio y encararse frente a frente con el mundo, sin esconder la mirada entre las baldosas del suelo, como solía hacer cuando deambulaba por los pasillos del Instituto escoltada por la incómoda sensación de que todos la miraban para después volcar atroces comentarios sobre su enorme culo, sus gordas piernas o sobre aquella esperpéntica cazadora de pana.  De forma inconsciente, elevó el busto y notó que a la par también subía su orgullo.
La sensación de encontrarse en la cima del mundo duraría apenas un par de minutos, el tiempo que tardó en bajar la mirada y reparar en que sus piernas ocupaban casi todo el asiento de la silla. <Seguro que insistió en seguir chateando porque aún no me ha visto en persona, ni siquiera por la web-cam.  Si, es eso, él cree que me parezco a esa foto> dedujo mientras se desprendía de la sonrisa y desviaba la mirada hacia la fotografía colgada en su perfil donde una niña de pelo claro, unos seis años edad, ataviada con un cursi bañador rosa adornado con volantes blancos, pala en mano y con mar de fondo, sonreía desde el pasado dispuesta a levantar un castillo de arena en la playa de Gijón.  La había rescatado de entre las muchas que Rosa guardaba dentro de una caja de zapatos en el altillo del armario de su habitación y, aunque su físico actual nada tenía que ver con aquella imagen, en su momento le pareció apropiada para poner como foto de perfil y le pidió a Alba que se la escaneara con ese fin. Quizá él, en su imaginación, había trasladado a la edad adulta la cara de aquella niña y, como lógico resultado obtuvo una chica de físico ideal, como en realidad debería haber sido si la naturaleza no le hubiera jugado una mala pasada.
< ¡Quién sabe! Si comenzamos a chatear a diario…., a lo mejor pasado un tiempo, termine gustándole por mi forma de ser> consideró, dispuesta a no tirar la toalla tan pronto.
  Sabía ― por comentarios de otra gente y no por experiencia propia ― que el chateo engancha mucho, que se vive cada día anhelando que llegue el momento de conectarse y que si un día no encuentras en la pantalla del ordenador las líneas escritas por la otra persona, uno se siente tan desdichado como si les hubiesen arrancado un trozo de alma. 
Enseguida se sorprendió a sí misma con la mirada perdida en la pared color salmón, sin percibir aquella tonalidad que tanto la disgustaba, sino con los ojos puestos en el futuro en tanto se preguntaba por qué aquel desconocido había conseguido ilusionarla en cuestión de minutos. Fantaseaba imaginando que Román se enamoraba de ella chateando por Internet, sin tener en cuenta el aspecto físico, sino la absoluta compenetración de sus personalidades.  Entonces todo marcharía sobre ruedas y, para cuando se conocieran en persona, él la vería hermosa porque la vería con ojos enamorados.  En alguna ocasión había escuchado decir que el amor es ciego, tonto y sordo.  Todo menos mudo.
Pasó las horas siguientes en una nube.  Mientras que al resto de las tardes les sobraban horas que debía matar viendo series en el canal Disney, ese día a duras penas consiguió sacar tiempo para terminar los deberes de matemáticas y dar un repaso al segundo tema de Naturales.  < ¡Menos mal que lo estudié el pasado fin de semana y me basta con un pequeño repaso!> pensó poco antes de regresar a su nube de fantasía, donde permaneció hasta que la apeó el característico ruido de la llave abriendo la puerta de entrada. 
Era Fran, su padre, que llegaría cansado, apático y con el pelo parcialmente cubierto por restos de polvo de la obra, como siempre.  Como era viernes, a mayores traería la bolsa de plástico con la ropa del trabajo enmarañada de cualquier manera y tan cubierta de cemento que apenas se podría distinguir su color azul original.
― ¡La bolsa también está sucia, de estar allí en la obra, así que no la dejes tirada en cualquier lado porque yo no soy tu chacha y no voy a andar detrás tuyo recogiendo y limpiando lo que ensucias! ― amenazaba Rosa, sin detenerse siquiera a mirar si la ropa estaba en la lavadora o “tirada en cualquier lado” como ella decía. 
“Ella” o, simplemente, Rosa era el nombre con el que Nerea designaba a su madre. No le salía llamarla de ninguna otra manera, y mucho menos “mamá”.
Así, salvo los viernes ― que lo primero que su padre hacía era meter la ropa del trabajo en la lavadora ―, el resto de los días pasaba directo al cuarto de baño, a situarse bajo del chorro de la ducha, donde sin piedad estropeaba algunas canciones pasadas de moda y de donde salía a los diez minutos luciendo su pelo canoso natural, oliendo a Heno de Pravia y enfundado en uno de aquellos dos pijamas adquiridos en un saldo del hipermercado e iguales entre sí salvo por el hecho de que uno era color verde claro y el otro marrón tostado.  En opinión de Nerea, salía favorecido cuando vestía el marrón porque era más oscuro y disimulaba mejor su barriga cervecera, fruto del pack de cervezas que solía llevarse a la obra y que tan solo le duraba tres días, y eso alargándolas mucho para evitar la bronca de su esposa ante tanto gasto inútil.  “¡Agua del grifo. Más sana y mucho más barata!” le decía ella al respecto. 
Después, aligerado de peso, recorría el corto pasillo de la casa para tomar posesión de la cocina.  Allí se armaba de delantal y preparaba la cena, sin demora porque a eso de las diez menos cuarto de la noche llegaría ella, cansada a más no poder y sin ganas de hacer otra cosa que no fuera tumbarse en el sofá con las piernas en alto y apoyadas sobre el respaldo, para mejorar la circulación, decía.
  A la par que Fran cumplía con el repetitivo ritual, desde la distancia mantenía una conversación con su hija en la que ambos reproducían fielmente, día tras día, las mismas preguntas el uno e idénticas respuestas la otra.  Un puñado de frases que llevaban tiempo construidas y con las que ambos se conformaban simplemente porque servían para confirmar la llegada de uno y resumir brevemente lo que había estado haciendo la otra.  En el fondo, Nerea (y quizá también Fran) echaba de menos algo (o mucho) más de afecto por parte de su padre. No sabría decir exactamente la cantidad, pero tal vez con un par de besos o un abrazo habría quedado el cupo cubierto.  A falta de eso, no quedaba más remedio que aplacar el anhelo de cariño y atención autoconvenciéndose de que el distanciamiento era debido a que él llegaba a casa tan cansado que no traía ganas de otra cosa que no fuera ducharse, cenar y descansar.
― ¿Nerea?
― ¡Estoy en la habitación, papá!
Él le hablaba desde el pasillo, sin mantener contacto visual y sin perder tiempo en comprobaciones.
― ¿Qué haces?  ― preguntaba momentos antes de iniciar el recorrido hacia la cocina.
              ― Estudiar. 
― ¿Llevas toda la tarde estudiando?
― Casi toda. ― mintió ese día.
Nerea dominaba bien el interrogatorio y agradecía su previsibilidad.  En un día como aquel, unas cuantas preguntas de más y la cagaría, eso seguro.
― Voy a preparar la cena. En cuanto llegue tu madre, nos sentamos a la mesa.
― Vale.
Para él “hacer la cena” consistía en sacar el fiambre de la nevera y depositarlo sobre la mesa junto con el pan; a partir de ahí, cada uno armaría el bocadillo a su gusto.  A veces se esmeraba un poco más y hasta freía un par de huevos para cada uno.  Pero, en cualquier caso, cada noche se perdía detrás de la puerta de la cocina y, cuando su mujer e hija entraban allí, aparentaba tan cansado como si se hubiera visto obligado a improvisar un banquete para veinte inoportunos comensales.
El cerrojo de la puerta de entrada vuelve a crujir a las nueve y media de la noche: Rosa regresa del supermercado, donde trabaja de cajera.  Nerea empieza a recoger: quedan menos de diez minutos para sentarse a la mesa.
Rosa seguirá su propia rutina: posará el bolso sobre el mueble del recibidor, colgará el abrigo en el perchero, se desprenderá de los zapatos y los guardará en el zapatero, calzará las zapatillas de andar por casa, vendrá a la habitación y se sentará en la orilla de la cama. 
<Y ahora, el rollo de todos los días> pensaba Nerea al verla aparecer ante la puerta de su cuarto, entrar y sentarse sobre el borde de la cama.
― ¿Qué hiciste hoy?
 Preguntó Rosa ese día, simulando interés.
              ― Ir a clase y hacer los deberes, como siempre.
Incomprensiblemente para Nerea, en boca de Rosa afloró una media sonrisa que entremezclaba orgullo y satisfacción, y que venía a decir: tengo una hija aplicada y en esa labor yo he puesto mucho más que un granito de arena, en realidad el mérito es mío por haberla parido y educado como Dios manda. 
Después apoyó las dos manos sobre el borde de la cama, se sirvió de ellas para levantarse y su sonrisa se borró.  En gesto instintivo trasladó las manos a la cadera y empujó la pelvis hacia delante, dando a entender que le dolían los riñones a más no poder.  Seguido adoptó una postura más normal y abandonó la habitación con paso lento y semblante cansado.  A sus espaldas, Nerea meneó la cabeza. Reaparecería a los pocos minutos, envuelta en aquella bata de escandaloso color fucsia y se cuadraría en medio de la puerta con las manos otra vez apoyadas sobre los riñones. 
Dicho y hecho: no tardó ni cinco minutos.
― ¡Nerea, vamos a la cocina!  ¡Estoy reventada y tengo ganas de cenar y recoger para descansar un rato!
Era una orden.
Nerea se levantó despacio a pesar de que Rosa aguarda en la puerta con la ceja arqueada y cara de pocos amigos.  Acto seguido, en fila y en silencio, se encaminaron a la cocina, donde les esperaba una pequeña mesa de vidrio cubierta con un hule de cuadros rojos y blancos, y Fran, con el delantal puesto sobre el pijama.  Sobre la mesa los platos, el pan y el fiambre.  Fran miró a Rosa, Rosa miró al suelo, Nerea a los dos.  Ella, que no había visto a su marido en todo el día, ni le saludó.  Él a ella tampoco, aunque era verdad que en esas cosas Fran solía ir a remolque de su mujer.  Había ocasiones en las que ella se esmeraba un poco más y le soltaba un hola desganado y casi inaudible que salía de su boca ahogado; pero lo habitual era una mirada indiferente, o nada.
Cada uno ocupó su puesto a la mesa.
 ― ¿Qué tal en el “super”?
Preguntó Fran al cuarto de hora, más para romper el silencio que por interés.
― Como siempre.  El encargado tan borde como siempre y las compañeras haciendo de las suyas, también tan escaqueadas como de costumbre, para no variar. Estoy más que harta de estar allí todo el día, de pie, pasando códigos de barras y aguantando a la gente.
― Sin novedad, entonces.
― ¿Y tú?
― Lo mismo de todos los días, en la obra hace un frío que pela, a ver si ponemos pronto las ventanas y así aguantaremos mejor.
Nerea, acostumbrada a ser convidada de piedra, no prestaba atención a la conversación que le cruzaba por delante.  La preveía breve y la sabía poco o nada interesante, por eso le sorprendió que el diálogo continuara más allá del intercambio de dos o tres quejas laborales.
― Este fin de semana quiero ir al Ikea para ver si encuentro una mesa de comedor  y cuatro sillas a buen precio.  ¡Ese hueco vacío que tenemos en el salón queda fatal!
Anunció ella, a boca llena, sosteniendo el bocadillo en alto con una mano mientras con la otra apartaba un mechón escapado de su media melena, pelirroja en sus tres cuartas partes y canosa en las raíces y cercanías. 
― ¿No hemos quedado en que no amueblaríamos nada más en tanto la hipoteca no afloje un poco? ¡Por Dios, que nos está ahogando! ¡No sé en qué estás pensando! ¡Si apenas llegamos a fin de mes!  ¿De dónde vas a sacar el dinero para pagar el comedor, aunque esté “a buen precio” como tú dices?
Fran formulaba preguntas y suministraba respuestas sin perder de vista su bocadillo de jamón.  Nerea observaba a los dos, suponiendo que estaban hablando por hablar: ella reincidiendo una vez más en sus delirios de grandeza ― siempre había soñado con ser dueña de un gran salón donde recibir a familiares y amigos ― y él tratando de hacerla recapacitar.  Además, no se sabía muy bien a qué hueco libre se estaba refiriendo. <Obligatoriamente tiene que ser a los dos metros cuadrados que quedan entre la pared izquierda y el sofá> dedujo.
― Creo que se puede financiar, según me contó una compañera de trabajo.  Ella compró el comedor el mes pasado y lo pagará durante doce meses sin intereses.  ¡Y no empieza a pagar hasta Año Nuevo!
El poblado entrecejo canoso de Fran se frunció hasta unirse encima de la nariz y después, con gesto serio, posó lentamente el bocadillo de jamón sobre el plato y miró a su mujer a la cara.
― ¿Financiar?  ¡Eso significa un recibo más todos los meses y sabes que no nos lo podemos permitir!
Rosa, molesta porque su marido no secundaba su propuesta para equipar el salón, se aferró al bocadillo de mortadela con tanta rabia que a punto estuvo de clavarle las uñas.  El notorio gesto atrajo la atención de Nerea hacia las manos de su madre. ¡Daban asco!  Enrojecidas, salpicadas de sabañones y rematadas por uñas bicolores: la laca roja de la última manicura casera había ido retrocediendo ante los ataques del jabón de fregar los platos.  Sintió grima y apartó la vista.
― Si hay que esperar a pagar la hipoteca, jamás podremos comprar el comedor.  ¿Qué quieres? ¿Continuar con la casa así? Así de vacía, me refiero. Vale que no tengamos adornos, cuadros, jarrones, lámparas ni cortinas… ¡pero los muebles son necesarios!
Rosa había elevado el volumen de voz, supuestamente adrede, para espetar a su marido a convertir la negociación en discusión, la discusión en ultimátum y el ultimátum en derrota para Fran.  Pero él permanecía callado, como si estuviera barajando sus dos únicas opciones: continuar guiando la conversación por el camino que iba hasta dejarla desembocar en una bronca cotidiana más, o tomar un atajo tratando de convencerla de que era preferible esperar un poco porque ya vendrían tiempos mejores.
< ¿Y mis posters de Justin Bieber, qué? > se preguntaba Nerea entretanto, acordándose de los carteles con los que había pretendido decorar su habitación y que Rosa había arrancado de cuajo nada más verlos.
― Hay que esperar un poco más.  Piensa en positivo, sólo llevamos aquí un año y ya casi tenemos todo lo necesario. ― propuso Fran, tomando el atajo.
              ― Esperar, esperar, siempre esperar…  ¡Tú todo lo ves blanco aunque esté más negro que el carbón!
              El ir y venir de reproches pasaba de largo ante Nerea, que escuchaba y continuaba comiendo, pero sin dejar de analizar mentalmente el caso.  Estaba de acuerdo con su padre en que la mesa de comedor era un objeto innecesario, por tres razones: el espacio sobrante en el salón era muy escaso, ellos tres se apañaban bien para hacer las comidas en la cocina y, además, nunca tenían invitados.  Si bien ellos, algunos domingos, iban comer a casa de los abuelos Pedro y Estrella, que vivían en Mieres; sin embargo los abuelos casi nunca les devolvían la visita motivado, quizá, porque Rosa y su suegra no se caían bien mutuamente y la abuela buscaba cualquier excusa para no corresponder a las invitaciones que Fran le hacía en Navidad y en alguna que otra fecha señalada, como cumpleaños, aniversarios de boda, etcétera.
 Por retazos de conversaciones escuchadas a hurtadillas, Nerea tenía conocimiento de que hacía tiempo los abuelos habían llegado a la convicción de que su hijo merecía una mujer mejor, por lo menos más simpática y agradable.  Por su parte Rosa  ― que siempre decía estar haciendo dieta, pero nunca había conseguido que la aguja de la báscula marcara por debajo de los setenta kilos ― contraatacaba argumentando que Estrella sólo sabía preparar legumbres y guisos fuertes, de esos que te obligan a acostarte durante toda la tarde para hacer la digestión y, lo que es aún peor, sufres de gases durante dos días más.  A Fran, sin embargo, le encantaba cuanto pasaba por manos de Estrella y siempre estaba deseando que la abuela les invitase para dejar al menos por un día de comer “hierba”, como él llamaba a las distintas ensaladas de verduras variadas que Rosa cocinaba siguiendo ilustraciones de revistas sobre dietética y que al final no servían para nada: los tres seguían estando gordos porque el vacío que las comidas “light” dejaban en el estómago lo llenaban poco más tarde con donuts y otra bollería que, contradictoriamente, Rosa procuraba no faltase en la despensa.
Después de la tormenta verbal llegó la calma y el silencio. Sólo se escuchaba a Fran masticar y pasar un trago de cerveza de vez en cuando. Rosa, que repentinamente parecía haber perdido el apetito, había dejado su bocadillo descansando sobre el plato sin hacer amago de rescatarlo de allí.  Mientras con la mano acariciaba el lóbulo de la oreja, su mirada se había extraviado allá por la ventana de la cocina.  Probablemente estaría maldiciendo en silencio la hora en que se le había ocurrido dar el “sí, quiero” a un hombre pobre
― Y a ti…. ¿qué tal te fue hoy en el cole?
Preguntó Fran, rasgando el silencio que se había adueñado de la situación. 
― No es cole papá, es Instituto.
― En el Instituto, pues.
― Todo normal, como siempre.
― ¿Hiciste nuevas amistades?
― De momento, no.
― Poco a poco.  Ya verás, cuando termine este curso tendrás un montón de amigas y ya no querrás marcharte de aquí.
Nerea asintió con la cabeza, por duplicado, pero sin demasiada convicción.
― Oye… ¿utilizas mucho Internet? ― disparó Rosa, de repente, levantando la cabeza y centrando la mirada, como si algo de lo hablado hubiera encendido una chispa en su cerebro.
Nerea se sobresaltó. No esperaba más preguntas. Ese día ya se habían planteado todas las de rigor y esta nueva no formaba parte del repertorio.  ¿A qué obedecería ese repentino interés por Internet? ¿Y cual sería la respuesta correcta?  Sólo cabían dos posibilidades: si la finalidad era saber si perdía mucho el tiempo en Internet, debería responder que no lo usaba mucho; pero si lo que Rosa pretendía era prescindir del recibo a pagar porque no se le sacaba utilidad, entonces la contestación oportuna sería la contraria.  Ante la duda, mejor entregar una respuesta capaz de encajar en ambos supuestos e, inmediatamente después, adosarle la pregunta correspondiente con el fin de aclarar las intenciones de Rosa.
― Según, unos días mucho y otros poco. ¿Por qué?
― Porque es una factura que podríamos eliminar, digo yo, si no lo utilizas mucho.  Quizá ese dinero baste para pagar los recibos del comedor.
Nerea consiguió ahogar la sonrisa de triunfo que pretendía aflorarle en la boca.  El hecho de presumir que las pretensiones de Rosa no la beneficiaban en absoluto le había llevado a ser cauta en su respuesta. ¡Y había acertado!
― Ya sabes que, en su día, contratamos Internet porque a la chiquilla le hace falta para los trabajos del colegio. ― intervino Fran hablando despacio, suave, con voz modulada, como si hubiera invertido en paciencia cuanto poseía.
― ¡También podría ir a un ciber, digo yo! Es la única de la casa que lo utiliza.  De hecho el ordenador está en su habitación.  Yo no sé ni como encenderlo y tú poco más.
Rosa, en cambio, respondió exaltada a pesar de saber de antemano que no tenía rifas para aquel sorteo, pues Fran tomaba muy en serio los asuntos del “colegio”, como él decía.
― La niña no va a salir al ciber cada vez que tenga que consultar algo.  Además, eso también cuesta dinero ¿o te crees que allí no cobran?
― Sólo preguntaba. ― defendió Rosa, batiéndose en retirada.
― Lo utilizo casi todos los días para los trabajos de clase.
Con  aquella mentira a medias ambos quedarían satisfechos: ella se convencería de que estaban ahorrando un buen dinero al no tener que pagar diariamente en el ciber; y a él lo ratificaría en su creencia de que Internet es muy necesario para los estudiantes y de que su esfuerzo económico no era en vano sino uno de los pilares que sustentaba los buenos resultados académicos de su hija.
La cena familiar y la tentativa por parte de Rosa de financiar un estupendo comedor a costa de la única diversión de Nerea culminaron a la par y en rotundo fracaso, a Dios gracias.  Se levantaron los tres al tiempo, en sincronía. Rosa apartó las sillas hacia un lado, dejando suficiente espacio para recoger la mesa.  Cada noche, Nerea acercaba platos y vasos al fregadero, Rosa los lavaba y Fran barría la  cocina.  Cinco minutos escasos.  Después se instalaban en el salón, aquel reducto que Rosa consideraba el espejo en el que se refleja una familia.  “Donde hay un buen salón es señal de que las cosas van bien, de que hay posibles” filosofaba a veces.  Era una verdadera lástima que se tuviera que conformar con un sofá de cuadros alternos en amarillo y azul cuyo insufrible colorido era capaz de causar ceguera y hasta conseguía matar las tonalidades de la hortera alfombra que descansaba a sus pies y que llevaba encima toda la gama de rosados posibles en forma de diferente flores a cual más extraña e imposible.  Completaba el conjunto una mesa de centro, barata y cuadrada, y una pequeña estantería donde reposaba la tele y unos pocos libros.
Y en aquel horrendo sofá, adquirido en alguna importante rebaja, se sentaban los tres cada noche: Rosa en el flanco derecho, con las piernas en alto, apoyadas en el respaldo; Nerea en medio, tratando de esquivar las canillas de su madre mientras Fran hacía zapping en el flanco izquierdo.

A las ocho

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